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El mayor tesoro

Wednesday, October 14th, 2009

Érase una vez una mujer pirata; sí, una mujer pirata, porque las mujeres piratas también tienen cuentos de piratas, aunque nunca se hayan contado.

La mujer pirata tenía un barco con una gran vela y muchos cañones.

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Le gustaba mucho ser una pirata y siempre estaba haciendo cosas de piratas: abordaba a otros barcos y asaltaba a los pequeños pueblos de la costa; después, buscaba alguna isla perdida donde escondía su botín; dibujaba el mapa del tesoro de donde lo había escondido y se marchaba.

Cuando disparaba a otros barcos, sus cañones rugían tanto que toda la tripulación, asustada, saltaba al mar, preferiblemente a encontrarse con una pesada bola de cañón.

Cuando llegaba a los pequeños pueblos de la costa, eran tantas las historias que se contaban de ella y era tan temida que todos los habitantes huían de sus casas a esconderse en las montañas.

Una tarde de verano llegó con su barco a un pequeño pueblo de la costa muy, muy raro ¡aquello ni siquiera parecía un pueblo!

La mujer pirata nunca había podido ver a la gente muy de cerca, porque todo el mundo siempre salía corriendo antes de que le diera tiempo a acercarse, pero estaba segura de que la gente de allí no era gente normal. Todos los habitantes eran muy diferentes unos de otros, sólo había un detalle que los hacía iguales: todos estaban sonriendo.

Todo el mundo le saludaba, diciéndole “buenas tardes” y sonriéndole aún más. Una niña que llegó corriendo se agarró a su pierna y le preguntó:

― ¿Quieres jugar conmigo?

La mujer pirata se quedó sorprendida porque nunca antes había jugado con nadie y, mucho menos nunca antes nadie le había pedido que jugara con ella. Empezó a sentir mucho miedo por todo el cuerpo pero, como las piratas no tienen miedo, se armó de valor y le propuso a la niña jugar a los piratas.

― Yo no quiero jugar a los piratas: ¡los piratas son muy malos!

La mujer pirata sintió un profundo dolor en su corazón, porque ella no se consideraba mala, pero por su cabeza pasaron muchas personas a las que sí había hecho mucho mal. Se dio cuenta de que realmente no le gustaba jugar a los piratas, pero no sabía jugar a otra cosa: toda su vida había sido una pirata.

La niña, al verla tan triste, la cogió de la mano y la llevo a jugar con los demás para que se alegrara y aprendiera que existen muchísimos más juegos.

Aquella niña enseñó a la mujer pirata que el mayor tesoro se encuentra en el corazón de los demás.

La mujer pirata sigue recorriendo el mundo con su barco, pero ya no aborda a otros barcos ni asalta a los pequeños pueblos de la costa; ahora siempre va sonriendo y, cuando ve a alguien triste, se acerca y le pregunta si quiere jugar con ella.

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Ilustraciones: Rocío González Pérez.