Descosido núm. 7
Sunday, June 29th, 2008La vida reparte injusticia sin mirar a quien ni porqué.
La vida reparte injusticia sin mirar a quien ni porqué.
Me he hecho mayor y no me he dado cuenta.
Cuando me vaya de aquí, porque algún día me iré, solo echaré de menos el olor entremezclado de por las noches a jazmín y dama de noche.
En el banco del parque, un grupo de chicas y chicos jóvenes extienden, entre risas, una alfombra de cáscaras de pipas sobre el suelo de albero. Dos ancianos permanecen callados en un banco más lejos, sin necesidad de hablar para decirse nada el uno al otro. Una pareja de adolescentes se besan, más pendientes de no encontrarse a nadie conocido que de lo que están haciendo. Un niño y una niña pequeños juegan en la arena creando mundos de fantasía donde aún existe el amor, mientras sus padres y madres, conversan sosteniendo sus respectivos carritos con cuatro felices sonrisas.
De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía muy desgraciado.«No debí haberla escuchado —me confió un día—; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello. La historia de las garras, que tanto me había fastidiado, debe de haberme enternecido…»
Y me confio aún:
«No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.»
¿Cómo se puede hacer tanto daño con tan pocas palabras?
A palabras frías, corazón cálido.
Una caricia y por mi corazón pasa un huracán arrasándolo todo.
Lejos es todo aquel sitio donde no se puede ir andando.
A veces hay que saber desprenderse de algunos recuerdos.