El autobús

Desde la parada ya la vi, sentada en su asiento con la mirada perdida hacia delante.

Es muy guapa. No puedo parar de mirarla, pero a la vez me avergüenza la idea de que se de cuenta de que la estoy observando tan descaradamente. Entro, pago mi billete, y mientras camino por el pasillo pienso: «Podría sentarme a su lado.». Paso justamente a su altura, es el momento…

Toda mi vida he sido un cobarde: me han dado miedo los perros, la altura, los cuchillos, la oscuridad… Estoy sentado en el autobús, justo detrás de la chica que ha colapsado mi atención. Esta vez no ha sido diferente, he vuelto a escoger el camino fácil. Desde aquí atrás es cómodo mirarla.

Me inunda su sencillez. Su pelo es castaño, lo lleva suelto y le queda por encima de los hombros. Sus ojos también son marrones. Lleva las manos entrecruzadas, jugando con los puños de un jersey de rayas. También viste unos vaqueros y sobre sus piernas descansan varias bolsas de diferentes comercios.

De repente su postura rompe el silencio y se desplaza para tocar el timbre. Por mis ojos pasa la escena a cámara lenta. En la próxima parada se bajará, sin haberse percatado siquiera de mi presencia. Y así sucede.

La historia que apenas acaba de comenzar termina con la misma naturalidad con la que había empezado. Veo como la chica baja despacio del autobús y se adentra en la calle, caminando mientras revisa el contenido de sus bolsas. El autobús vuelve a arrancar apartándola bruscamente de mi vista.

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2 Responses to “El autobús”

  1. rocío Says:

    ¿No has pensado que igual ella te estaba viendo antes de que el autobus parara a recogerte, y cuando te vio entrar estaba contando tus pasos para que te sentaras al lado de ella?… la próxima vez piensa así y seguro que el último impulso te hace actuar como un valiente ;)…
    PD: Una muy buena amiga, en el mejor momento en el que pudo hacerlo, me dedicó una frase: “No te rindas, el mundo termina siendo de aquellos con temple de corazones heroicos” … pa ti ;)

  2. Raquel Says:

    Revisas las bolsas… Llevas tantas que te hacen daño en la mano… Tienes la sensación de que te has olvidado algo, pero no sabes de que se trata. Así que intentas hacer memoria de todo lo que habías estado comprando… Te fastidia esa sensación de inseguridad… Y te fastidia que siempre terminen encargándote miles de cosas… Pero piensas que ese es el precio que tienes que pagar por no saberles decir que no.

    La mochila para la peque… Los calcetines que Luis te había pedido, esos que tanto le gustaban… El perfume para regalarle a la abuela por su cumple… Los pinceles para el listo de Juan, que siempre te hacía recorrerte todos los comercios en busca de los utensilios más insospechados… Al menos esta vez había sido poco original… La pulsera para Marta… El conjunto que la tímida de Aracelini no se atrevía a comprar nunca, pero que tanto quería… Algo te faltaba… pensabas. Pero seguías sin descubrir lo que era…

    Buscas en el bolso la lista con los encargos, pero te la has dejado en casa… Exactamente… en la mesilla de noche, encima de ese libro que tanto te está costando leer, recuerdas. Cojes el móvil para llamar a casa… pero no lo encuentras! Nada raro, por otro lado… Siempre te pasa lo mismo… Te sientas en los bancos de la marquesina y revisas cada bolsa, una por una, concienzudamente… pero el móvil no aparece!!

    Y si te lo has dejado en el bus? O si lo has perdido en el centro comercial? A saber… Aunque no tienes muchas esperanzas de recuperarlo te diriges a un teléfono público y desde allí marcas tu número… Cruzas los dedos para que alguien te responda…

    (Bueno… así es como decidí seguir yo tu relato, jejeje… Es algo cutre, pero ya sabes que cuando la inspiración falta… Ahora te toca seguir a ti :) Bicoos!)

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