January 23rd, 2010 by Suvi
La vida es prosa y los sentimientos poesía.
Esperar la desdicha
¿es una forma de esperanza?
La menos peligrosa en cualquier caso.
La que no puede defraudarnos nunca.
Ángel González
Lo que queda
–tan poco ya–
sería suficiente
si durase.
Ángel González
A medida que se deshace el nudo de mi garganta voy recordando los motivos por los que te quiero.
Leer tus poemas es como quedarme al anochecer mirándote a los ojos.
Toda aquella persona que con buena intención la pida, merece otra oportunidad más.
Será la costumbre de hablarte antes de dormir hasta que me mandas callar.
Érase una vez una mujer pirata; sí, una mujer pirata, porque las mujeres piratas también tienen cuentos de piratas, aunque nunca se hayan contado.
La mujer pirata tenía un barco con una gran vela y muchos cañones.
Le gustaba mucho ser una pirata y siempre estaba haciendo cosas de piratas: abordaba a otros barcos y asaltaba a los pequeños pueblos de la costa; después, buscaba alguna isla perdida donde escondía su botín; dibujaba el mapa del tesoro de donde lo había escondido y se marchaba.
Cuando disparaba a otros barcos, sus cañones rugían tanto que toda la tripulación, asustada, saltaba al mar, preferiblemente a encontrarse con una pesada bola de cañón.
Cuando llegaba a los pequeños pueblos de la costa, eran tantas las historias que se contaban de ella y era tan temida que todos los habitantes huían de sus casas a esconderse en las montañas.
Una tarde de verano llegó con su barco a un pequeño pueblo de la costa muy, muy raro ¡aquello ni siquiera parecía un pueblo!
La mujer pirata nunca había podido ver a la gente muy de cerca, porque todo el mundo siempre salía corriendo antes de que le diera tiempo a acercarse, pero estaba segura de que la gente de allí no era gente normal. Todos los habitantes eran muy diferentes unos de otros, sólo había un detalle que los hacía iguales: todos estaban sonriendo.
Todo el mundo le saludaba, diciéndole “buenas tardes” y sonriéndole aún más. Una niña que llegó corriendo se agarró a su pierna y le preguntó:
― ¿Quieres jugar conmigo?
La mujer pirata se quedó sorprendida porque nunca antes había jugado con nadie y, mucho menos nunca antes nadie le había pedido que jugara con ella. Empezó a sentir mucho miedo por todo el cuerpo pero, como las piratas no tienen miedo, se armó de valor y le propuso a la niña jugar a los piratas.
― Yo no quiero jugar a los piratas: ¡los piratas son muy malos!
La mujer pirata sintió un profundo dolor en su corazón, porque ella no se consideraba mala, pero por su cabeza pasaron muchas personas a las que sí había hecho mucho mal. Se dio cuenta de que realmente no le gustaba jugar a los piratas, pero no sabía jugar a otra cosa: toda su vida había sido una pirata.
La niña, al verla tan triste, la cogió de la mano y la llevo a jugar con los demás para que se alegrara y aprendiera que existen muchísimos más juegos.
Aquella niña enseñó a la mujer pirata que el mayor tesoro se encuentra en el corazón de los demás.
La mujer pirata sigue recorriendo el mundo con su barco, pero ya no aborda a otros barcos ni asalta a los pequeños pueblos de la costa; ahora siempre va sonriendo y, cuando ve a alguien triste, se acerca y le pregunta si quiere jugar con ella.
Ilustraciones: Rocío González Pérez.